Aprendan a estar solos

La soledad es tal vez el ejercicio más natural a nuestro alcance. Es ahí cuando logramos cultivar algunos de los estados más nutritivos para la mente y el espíritu, cuando experimentamos las más sustanciosas tormentas y la más reconfortante quietud.

Practicada sanamente la soledad es un vehículo exquisito. Nuestro diálogo interno adquiere tintes particulares y nos vemos obligados a confrontarnos con nosotros mismos, nos auto-revelamos sin intermediarios. Sin embargo, en muchos contextos se menosprecia, se sospecha de ella o inclusive se le teme; se evita a toda costa y se asocia con la derrota social o el aburrimiento. Y esta aversión cultural por la soledad termina por privar a millones de personas de aprovechar, y disfrutar, las bondades que solo ella provee.

¿Qué le gustaría decirle a los jóvenes? Pregunta el entrevistador a un Tarkovsky plácidamente posado sobre un árbol. A lo que el cineasta ruso, cuya obra por cierto destacó por comulgar con elementos como la pausa, el silencio y la soledad, responde que su principal consejo sería el aprender a cultivar la soledad:

No sé, creo que solo me gustaría decirles que aprendan a estar solos y procuren pasar el mayor tiempo posible consigo mismos. Me parece que una de las fallas entre los jóvenes es que intentan reunirse alrededor de eventos que son ruidosos, casi agresivos. En mi opinión, este deseo de reunirse para no sentirse solos es un síntoma desafortunado. Cada persona necesita aprender desde la infancia cómo pasar tiempo con uno mismo. Eso no significa que uno deba ser solitario, sino que no debiera aburrirse consigo mismo porque la gente que se aburre en su propia compañía me parece que está en peligro en lo que a autoestima se refiere.

Enlace original: aquí.

Reflexionando

“No somos nada más ni nada menos que lo que escogemos revelar de nosotros”

Cuanto tiempo sin escribir… De hecho no sé muy bien ni por donde empezar… Me falta práctica, pero no es lo único que me falta.
He pasado demasiado tiempo apartado de demasiadas cosas, y no soy la misma persona que empezó a escribir tonterías aquí hace unos cuantos años.
El día menos pensado, a lo mejor vuelvo a ser una persona socialmente integrada (cosas más raras se han visto).
No es que antes hubiera sido un gran tipo, ni que ahora sea un sociopata, simplemente estoy en la mitad de un camino que todavía no sé a donde me lleva.

Si miro hacia atrás, no echo muchas cosas de menos. Me gusta más la vida que llevo ahora. Prefiero pasar los días envuelto en mis rutinas, con mis perros, mis rarezas, y mis circunstancias. Aunque a lo mejor me gusta más, sólo por el hecho de que he dejado de tambalearme y eso hace que me duela un poco menos la cabeza.
Supongo que es bueno eso de que me guste más la vida que llevo ahora.
Creo que dejar de salir de noche, dormir menos, madrugar más, y parar en el arcén a echarme un pitillo, me ha venido bien.
He seguido haciendo algún viaje, yendo a algún concierto, y encontrándome gente. Pero ahora, esas cosas las hago de otra manera, y a otro ritmo.
He perdido y he ganado. Ahora soy capaz de ver lo que me rodea con otra perspectiva y de tomarme algunos asuntos no tan a pecho. Sin embargo, creo que por el camino se han quedado mi capacidad de empatizar y mi sentido del humor, pero tampoco es algo que me preocupe demasiado en estos momentos (ya los recogeré a la vuelta),

No echar cosas de menos, no significa que no extrañe a nadie. Hay gente a la que echo de menos (o al menos a su recuerdo, porque ya no somos los mismos), pero también hay gente a la que echaba un poco de más.
Mirando atrás, no me arrepiento de nada porque, al fin y al cabo, fui capaz de levantarme, de aprender de mis aciertos, y sobre todo, de mis errores, aunque quizá no hubiese sido posible sin la ayuda de ciertas personas que siempre tendrán mi gratitud aunque ellas no lo sepan.

Acabo de leer que “la nostalgia es una felicidad triste. Se recuerda el gozo del pasado, pero duele saber que todas esas experiencias ya no pueden volver”.
Puede que nostalgia sea la palabra que busco para hablar de lo que se me pasa por la cabeza cuando pienso en ciertas personas que, quizá, ya no están ahí.

Sea como sea, continuemos el camino.

Del indie, como de la droga, también se sale

Enlace original:

http://www.elconfidencial.com/cultura/2014-10-05/indies-hipsters-y-gafapastas-al-paredon_223606/

Pss, pss, amigo. ¿Se siente usted el más moderno de su clase/oficina/familia? ¿Cree usted que Wilco, Arcade Fire y Radiohead son lo mejor que le ha pasado a la música en las últimas cuatro décadas? ¿Se toma las recomendaciones musicales de Rockdelux y Pitchfork como un dogma de fe? ¿Tiene fobia a la cultura politizada? ¿Se ríe usted a mandíbula batiente de los gustos musicales de chonis, perroflautas y bakaladeros? ¿Se cree usted, en definitiva, único y especial? Pues no se preocupe: tenemos la solución a su problema, la lectura del ensayo Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (Capitán Swing, 2014), del periodista Víctor Lenore, que más que escribir un libro ha inventado la primera máquina de deshipsterizar personas. El ensayo se publica la semana que viene.

De lo hipster hay que huir como de la peste, viene a decir Lenore, y sabe de lo que habla: él ha sido el primero en deshipsterizarse, al pasar de periodista musical deslumbrado por el indie en los noventa a crítico cultural embarcado en una misión en el siglo XXI: desvelar la impostura indie/hipster y, al mismo tiempo, acercar al gran público estilos y grupos en la periferia del gusto dominante.

Lenore, periodista cultural de referencia y colaborador de este periódico, responde así a los que airean su contradictoria biografía personal y laboral para desarmar sus argumentaciones. “Damos demasiada importancia a la coherencia personal y muy poca a los debates colectivos”, espeta.

Y procede a explicar su caso para meterse en harina. O cómo Víctor Lenore escapó del infierno hipster y vivió para contarlo (y soltar unos cuantos mamporros a los indies): “En 1995 yo tenía 23 años y a esa edad la gente no suele ser muy fiable. Mi vestuario de entonces consistía en seis camisetas de Morrissey, seis de Sonic Youth y seis de Manic Street Preachers. Básicamente yo era una versión alienada y esnob de una belieber actual, con la desventaja de la carga de esnobismo que conlleva creerte ‘alternativo’ y superior a los demás. No sé si tengo razón en lo que escribo ahora, pero estoy seguro de que no la tenía entonces. Me conformo con que el lector se convenza de eso. En realidad, mi hipsterismo duró hasta pasados los treinta. Mitad por inclinación personal, mitad por imperativo laboral, me pasaba el día escribiendo alabanzas sobre Wilco, The Strokes, Animal Collective, Leonard Cohen, Los Planetas y otra serie de nombres ‘elegantes’, ‘exquisitos’ y ‘especiales’. Gran parte de mi vida era una burbuja estética ajena a la realidad, incluso a mis problemas vitales más inmediatos”, cuenta a El Confidencial.

Lenore, por tanto, sería la demostración en carne viva de que del indie, como de la droga, “también se sale”. Es duro renunciar a ser especial, sí, pero se puede: el hipsterismo tiene cura, amigos. Del indie también se sale. Puedo certificarlo. Ayuda cumplir años: te relajas y vas tomando conciencia de que muchos de tus códigos culturales son fruto de la inercia, la inseguridad y la idiotez individualista”, espeta.

Todo esto suena un poco a la furia del converso, en efecto, como si Lenore hubiera decidido purgar sus pecados de juventud acabando a bombazos con el indie. Que el cantante Nacho Vegas prologue el libro, en un texto reflexivo y con mucho filo político, podría reforzar esa idea. Pero no. Lo que hace que Indies, hipsters y gafapastas sea muchísimo más que el desahogo de un crítico en dramática lucha freudiana contra sí mismo es la capacidad de Lenore para argumentar su tesis.

Estamos ante un ensayo con chicha -en la línea del traje que le hizo Thomas Frank a la mercantilización de la contracultura estadounidense en La cultura de lo cool– sobre un tema relevante, ya que refleja dinámicas sociales profundas; por ejemplo, la relación entre nuestros gustos culturales y el modo en que nos organizamos como sociedad. Por si todo esto no fuera suficiente, Indies, hipsters y gafapastas es también un libro beligerante que va a levantar ampollas: Lenore reparte mandobles a diestro y a siniestro (la lista de grupos, escritores, directores y medios de tendencias vapuleados en el ensayo es demasiado extensa como para comentarla con detalle). Toda una rara avis, por tanto, en el contexto del periodismo cultural cañí, más amigo de la reseña promocional y la obsesión con las tendencias que de los enfoques conflictivos.

Lenore ha tenido en los últimos años sonoros “desencuentros” con lo que él denomina “el ala dura del hipsterismo, la que “no soporta a Manu Chao por ser un artista que hace música popular latina”. Su explicación a esta fobia hipster no le ayudará precisamente a limar asperezas con sus enemigos modernos:

“Siempre me ha interesado América del sur: Víctor Jara, Rubén Blades, el reggaetón….Son artistas que la mayoría de hipsters españoles no soportan, seguramente por una mezcla de prejuicios racistas y clasistas”, afirma.

Y procede a poner un par de ejemplos sangrantes:

“A muchos indies les repatea escuchar la misma música que disfruta una señora ecuatoriana que limpia casas. Todo lo que sean problemas ajenos les suena a panfleto. Esta escena cultural arrastra un enorme cargamento de prejuicios. Pero no hablamos solo de una cuestión de gustos: un hipster puede pasar tres días de fiesta en un festival como el Sónar y despreciar a la gente que baila los mismos discjockeys en un club de extrarradio donde acude público de clase obrera. No es solo lo qué bailas, sino con quién lo bailas. Parece que escuchar una sesión de techno rodeado de diseñadores gráficos fuera más valioso que hacerlo entre reponedores del Ahorra Más. La cultura hipster, en gran parte, funciona como legitimación del clasismo”, afirma con no poca dosis de vitriolo.

Para entendernos: lo hipster sería la actual degeneración de lo indie, y a todos ellos les podríamos agrupar bajo la etiqueta clásica de “los modernos”. Término que en otra época se asociaba más al underground, pero que actualmente, según Lenore, vendría a poner nombre a una élite cultural del buen gusto. La casta de la modernidad (ejem).

“Son élite porque están más atentos que nadie a los nuevos productos culturales. Unos dicen que los hipsters son jóvenes con gran curiosidad cultural, otros les vemos como los consumidores más inseguros y obedientes del mercado (por lo menos, yo lo era en mis años como hipster). El ‘buen gusto’ es un concepto vacío, variable y cuestionable. Cuando nuestra abuela compra una figurita de Lladró suele hacerlo en nombre del buen gusto. No encuentro mucha diferencia entre eso y pagar cien euros para escuchar los gorgoritos de Bjork en el Liceo o de Antony & The Johnsons en el Teatro Real, acompañados de una escenografía posmoderna. No se trata de depurar nuestro ‘buen gusto’ para llegar a otro mejor, sino de examinar qué tipo de relaciones generan nuestras preferencias estéticas. Una escena cultural elitista y mitómana no es compatible con una sociedad igualitaria. Los hipsters solo son élite en el sentido de que han hecho suyos los valores de la clase alta, empezando por el consumismo, la meritocracia y el emprendizaje. En muchas ocasiones, se trata de un proceso inconsciente”, razona.

El libro de Lenore sería, por tanto, un intento por dinamitar la presunta neutralidad del gusto cultural. Apoyándose en los análisis del sociólogo francés Pierre Bourdieu, el ensayista trata de demostrar que los gustos no vienen determinados por la sensibilidad de cada cual, sino por factores tan poco bucólicos como la clase o el entorno social. El gusto cultural no es inocente.

“El mercado no es algo neutro: tiene una fuerte carga de imposición. Nos meten por los ojos ciertos productos como requisito para encajar en determinados ambientes sociales. Lo que marca ahora la pauta puede ser un Iphone, un disco de Kanye West o una exposición del fotógrafo porno punk Terry Richardson. Escoger esos consumos no es rebelarse frente a lo que propone Telecinco, sino ser obediente con lo que prescribe Radio 3 y las revistas de tendencias… Escoger entre los productos culturales que nos ofrece la industria es mucho más fácil que construir relaciones culturales propias. Por eso confundimos la cultura con la lista de la compra de la FNAC. Muchas pandillas indies no tienen más conexión que ser fans de Joy Division, Radiohead y Arcade Fire; son relaciones basadas en contraseñas estéticas. La mayoría de iconos hipster apuestan por un nihilismo cool: el mundo es un absurdo irreparable y lo único que merece la pena es acumular placer y refinar tu sensibilidad artística. Me parece una postura muy reaccionaria”, espeta Lenore.

El periodista, que abre muchos frentes argumentativos en el ensayo, analiza también por qué los medios de comunicación priman la cobertura de lo indie/hipster sobre el resto de movimientos culturales. Una de las explicaciones tendría que ver con su condición de producto de consumo que encaja como un guante en el mainstream económico; lo que, según Lenore, convierte en entrañables las ínfulas alternativas de los hipsters.

Thomas Frank dice que ‘las élites adoran la revoluciones que se limitan a cambios estéticos’. Lo hipster es una estética de aire moderno que, al mismo tiempo, no crea conflictos políticos con los directivos, los anunciantes, ni los lectores de los grandes medios. Conceptos como ‘creatividad’, ‘innovación’, ‘genio’ y ‘emprendizaje’ son los favoritos de la escena hipster y también de las grandes corporaciones. Por eso la mitad de las campañas publicitarias tienen banda sonora de estos grupos cool. Sonic Youth publican recopilatorio en Starbucks, los Pixies anuncian Apple y Russian Red se reparte entre Women’s Secret y Trinaranjus. El lenguaje de los hipsters y el de los ejecutivos publicitarios es calcado: si compras este producto o escuchas este grupo dejarás de pertenecer a ‘la masa’ y te convertirás en ‘especial’. Es un truco simplón y transparente, pero también muy efectivo. A mí me tuvo engañado durante unos veinte años”, razona el periodista.

Resumiendo para acabar: Puede que los hipsters se consideren muy especiales por oír música experimental, en contraste con los merluzos que asisten al Viña Rock, pero lo que les define en realidad  es algo tan ordinario y mainstream como sus gustos como consumidores. De ahí que, donde unos ven sofisticación individual, Lenore vea más bien “paletismo” borrego.

La cultura indie, hipster y gafapasta se basa en comprar. Es verdad que los productos son distintos a los habituales: digamos comida orgánica, ediciones limitadas en vinilo y lámparas retro, pero al fin y al cabo lo que te define es el consumo. En realidad, lo hipster es una puesta al día de la mentalidad de los pijos de los ochenta. Por eso Alaska y Mario Vaquerizo hablan el mismo lenguaje que su amiga Carmen Lomana, aunque a unos les gusten los Ramones y a otra las rancheras. Lo que digo en el libro es que no eres superior a nadie por haber pasado un año en Berlín, leer a Foster Wallace y escuchar antifolk. Es cierto que hemos ganado en variedad de estilos de vida, pero no de posturas vitales, ya que sigue mandando el individualismo y el consumismo. Ser una persona culta, consciente y sofisticada requiere mucho más esfuerzo que el de usar tu tarjeta de crédito. En gran parte, los hipsters son una versión 2.0 de los yuppies, con mucho menos dinero pero igual de narcisistas”, zanja Lenore

En dos palabras: haciendo amigos.

Helmut Newton, el espíritu erótico del siglo XX

Enlace original: http://www.jotdown.es/2011/12/helmut-newton-el-espiritu-erotico-del-siglo-xx/

Hay quien considera a Helmut Newton el mejor fotógrafo de la historia, y el escritor J.G. Ballard le llamó “el mayor artista visual del mundo”. Frases tan contundentes están abiertas a debate, pero lo que es indudable es que fue el fotógrafo que mejor supo cristalizar las fantasías eróticas del siglo XX. Su trabajo ha aparecido en publicaciones como Vogue, Elle, Paris Match, Vanity Fair, Stern, der Spiegel… Y Playboy (de forma poco sorprendente, fue amigo personal de Hugh Hefner). Se han realizado centenares de exposiciones de sus fotos en las mejores galerías del mundo, y en 2004 se abrió un museo en Berlín dedicado íntegramente a su obra.

Newton fue el gran retratista de la sofisticación erótica, el lujo, el glamour, la ropa de marca y los tacones de aguja, no tanto por el fetichismo en sí de los zapatos (aunque ha fotografiado maravillas de Louboutin o Manolo Blahnik) como por la forma en que realzan el cuerpo femenino. Sus modelos habituales fueron mujeres altas y elegantes, de cuerpo perfecto y actitud altiva y dominante. Sus fotografías, casi siempre en elegante blanco y negro, tienen una sensibilidad extraña e inconfundible, algo onírica (el deseo imponiéndose a la realidad), perversa e ingeniosamente cruel, de un humor cínico y materialista. Sus mejores imágenes son auténticos cuadros de una composición cuidadísima y meditada: su famoso autorretrato frente al espejo en que también aparece su esposa June es puro Velázquez hecho fotografía.

Un fotógrafo de este calibre no podía faltar en Jot Down y desde la admitida parcialidad que me da ser fan fatal de Newton, espero hacerle justicia en este artículo.

 “En su cabeza solo hay chicas y fotos”

Si viviera como la gente de mis fotos, hubiera muerto hace años”.  Helmut Newton

El recuerdo más antiguo de Helmut Newton es ver una mujer semidesnuda mirándose en un espejo. Era su niñera, a la que recuerda cambiándose para salir de fiesta cuando el pequeño Newton (nacido Neustaedter) tenía tres o cuatro años: su primera fotografía mental y ya incluye una mujer en ropa interior.

Si tenemos que creer lo que Newton cuenta irónicamente de sí mismo, fue un niño llorón y malcriado. Nació en 1920 en el seno de una familia judía berlinesa, rica gracias a una próspera fábrica de botones. Vivió una infancia tranquila, peleándose con su hermanastro y dejándose cuidar por una madre sobreprotectora que le peinaba a lo paje y le vestía con ropa de niña (casi me parece oír a los lectores freudianos frotándose las manos).

En un intento de masculinizar a su hijo, el padre de Newton intentó apuntarle a varios deportes, pero lo único que funcionó fue la natación: el pequeño Helmut se convirtió en un nadador consumado. El principal entretenimiento que encontraba en la piscina era contemplar a las chicas (“los cuerpos de las nadadoras siempre tienen una maravillosa redondez, una gran belleza”): Helmut dedica unas cuantas líneas de su autobiografía a los pezones erectos que se adivinaban a través de sus bañadores mojados.

La primera vez que Helmut Newton cogió una cámara fue en 1932, con doce años, cuando compró con sus ahorros una Agfa Tengor Box. Con más ilusión que conocimiento gastó un carrete casi entero en el metro de Berlín y se guardó la última fotografía para lo primero que vio al volver a la superficie: la torre Funkturm. Esa foto fue la única que salió de ese carrete, está bastante bien encuadrada (“al estilo de Moholy-Nagy”, escribe) y Helmut la tiene en suficiente estima como para incluirla en sus recopilatorios.

Su ingenuo sueño de adolescente era ser un intrépido reportero, un fotógrafo de guerra o un investigador privado: probablemente una mezcla de los tres. En 1936 fue expulsado de la escuela por su pésimo rendimiento (“en su cabeza sólo hay chicas y fotos”, repetía a menudo su padre), y poco después entró como aprendiz en el estudio de la fotógrafa berlinesa Yva.

Newton recuerda a Yva con cariño y admiración. De ella aprendió a ser minucioso y detallista en la composición de las imágenes: Yva tenía una cuadrilla de ayudantes que preparaban según sus indicaciones todos los detalles de la escenografía de una foto. Helmut aprendió también las técnicas de revelado, retoque de negativos y positivado: en esa época había que fabricar el líquido revelador mezclando sacos de productos químicos, tarea pesada pero a la que Newton se aplicó con ganas.

Helmut intentaba impresionar a una de las ayudantes de Yva, una joven de 21 años ex alumna de la Bauhaus por la que se sentía muy atraído sexualmente. Esta chica llevaba siempre monóculo, que a partir de entonces pasó a ser un complemento erótico del imaginario newtoniano. Décadas más tarde, el Helmut adulto llevará siempre un monóculo en su bolsa para pedirle de vez en cuando a alguna de sus modelos que se lo ponga, quizá asaltado por la nostalgia. La famosa foto de Paloma Picasso con monóculo sería un buen ejemplo: a Newton le gustaba tanto como para querer que fuera portada de su revista Helmut Newton’s Illustrated, y si renunció a ello fue por petición expresa de Paloma, que detestaba esa imagen.

Pero volvamos a finales de la década de los treinta en Berlín, donde se fraguaba una tormenta de sangre mientras Newton desarrollaba sus dotes de ligón. Las leyes raciales de Nuremberg habían perjudicado ya a la familia Newton: el padre tuvo que renunciar a dirigir su fábrica de botones en favor de un administrador nazi, y el joven Helmut estuvo a punto de causar la ruina a toda su familia al coquetear con muchachas arias. Tras la Kristallnacht de 1938 se hizo evidente que la huida no podía aplazarse más, y la familia Newton gastó sus últimos ahorros en el impuesto-soborno que los judíos debían pagar para salir del país. Helmut fue embarcado en un vapor rumbo a China, con poco más que una Rolleicord con la que esperaba ganarse la vida.

Lya moriría en Auschwitz años después: no quiso salir de Berlín hasta que fue demasiado tarde. La familia de Newton conseguiría huir a Sudamérica, pero Helmut no volvería a verlos nunca más.

Newton desembarcó en Singapur la Nochebuena de 1938, contratado como fotógrafo del Singapore Straits Times. Allí duró bien poco: cuando le enviaban a cubrir cenas y eventos de sociedad tardaba tanto en encontrar la escena perfecta y montar su cámara que a menudo la fiesta terminaba antes de que hubiera disparado una sola foto. Permaneció un par de años en Singapur como mantenido (él usa la palabra “gigoló”) de una divorciada llamada Josette, y luego siguió su camino hacia Australia.

Allí pasó unos años tranquilos gracias a su fugaz paso por el ejército. En 1946 el Gobierno australiano le concedió la nacionalidad: aprovechando la circunstancia y para favorecer su ambición de convertirse en un fotógrafo famoso, se cambió el nombre de Neustaedter a Newton. Abrió un pequeño estudio de fotografía en Melbourne, y allí conoció a una guapísima actriz que le hizo de modelo y con la que se entendió desde el primer día: se llamaba June Browne, y en 1948 se convertiría en June Newton. El suyo sería un matrimonio feliz y sensato, y a pesar de sus altibajos duró hasta la muerte de Helmut. A la larga June dejó su trabajo de actriz y se reinventó como fotógrafa de éxito bajo el pseudónimo de Alice Springs: a quien tenga curiosidad le recomiendo no sólo curiosear sus fotografías sino también su extrañamente magnético documental Helmut by June.

Vestida/Desnuda

El romanticismo es muy bonito… Pero no lo quiero en mis fotografías”. Helmut Newton

En 1957 Newton firmó un contrato para trabajar en el Vogue de Londres: Helmut recuerda esa etapa como una época estéril, fracasada y económicamente ruinosa. Dos años más tarde entró a trabajar para Jardin des Modes, en París, y quedó totalmente fascinado por la ciudad. Durante días se dedicó a observar a las prostitutas de la Rue Saint-Denis, en las que reconocía “un talento innato para la moda que se reflejaba en las elegantes ropas que se ponían para atraer clientes”: años más tarde sacaría algunas fotos inspiradas en ellas.

En 1959, al ver estancada su carrera, volvió a Melbourne a trabajar para el Vogue australiano. Hubiera tenido allí el futuro asegurado, pero sabía que no era en Australia donde un fotógrafo de moda podía hacerse realmente famoso… Así que en 1961 volvió con June a París con los bolsillos vacíos, viviendo precariamente pero feliz. Su apuesta le salió bien: consiguió un empleo en el Vogue parisino y empezó la etapa más fructífera y creativa de su carrera. Su vida se convirtió en un continuo ir y venir entre Nueva York, Milán, Berlín y París.

En 1971 sufre un ataque cardíaco en Nueva York que está a punto de costarle la vida. En el hospital le pide a June una cámara compacta ligera (lo único que puede sostener) y pasa su convalecencia sacando instantáneas de médicos, pacientes y de su propio proceso curativo. A partir de ese ataque Newton empieza a preocuparse más por su legado y a sacar fotografías para sí mismo, no ya puramente por encargo, un proceso que le llevaría a publicar sus propios libros de imágenes a partir del fundacional White Women de 1976, un éxito inmediato.

A principios de los ochenta empieza a fotografiar desnudos integrales. Big Nudes es una serie de fotografías de cuerpo entero a gran formato inspiradas por los carteles de búsqueda y captura de la banda armada Baader-Meinhof: es uno de los raros ejemplos de fotos de estudio de Newton y una serie fascinante que ha sido expuesta en múltiples ocasiones. The naked and the undressed fue otra serie de fotografías que no llegó a culminarse por su extrema complejidad técnica, pero que ha dejado alguna de las imágenes más famosas de su carrera: son parejas de fotografías en que las modelos aparecen vestidas con ropa de lujo y completamente desnudas en exactamente la misma postura. El díptico Sie Kommen representado más arriba muestra a cuatro modelos llevando (y no llevando) ropa de Karl Lagerfeld, y alcanzó el récord de precio de una fotografía en subasta al venderse el 2009 por 662.000 dólares.

En 1981 Newton y June se mudaron de París a Montecarlo, con el objetivo declarado de pagar menos impuestos. Más o menos en ese punto detiene Newton su autobiografía: “hablar de los éxitos propios, grandes o pequeños, carece de interés para el lector: de lo que trata este libro es de cómo llegar allí”. Lo cierto es que en Montecarlo comenzó su etapa más plácida y a la vez más activa artísticamente: allí vivió durante el resto de su vida, aunque pasó largas temporadas en Los Ángeles, en busca tanto del clima como de su ambiente decadente (“adoro L.A., adoro Hollywood, pero odio San Francisco: pretende ser una ciudad europea y culta y la verdad es que a mí no me importa una mierda la cultura”).

Newton siempre sintió una gran pasión por los coches caros: en 1946 se gastó hasta el último dólar ganado en el ejército en un Ford V8; en 1964 dilapidó los beneficios de un largo trabajo fotográfico en un Bentley; en 1987 sacó alguna de sus fotos más sensuales en el garaje de un Cadillac… Es apropiado en cierta manera que muriera al volante de un Cadillac, estampándose contra un muro (al más puro estilo Crash) del Sunset Boulevard de Los Ángeles, al salir del Chateau Marmont en que tantas fotografías realizó.

 Moda, erótica y portraits mondains

Nada ha sido retocado, nada se ha alterado digitalmente. Fotografié lo que vi”. Helmut Newton

Newton fue uno de los últimos grandes fotógrafos analógicos y, hasta cierto punto, artesanales. Estuvo rodeado de un equipo impresionante de estilistas, peluqueros, maquilladores y modelos, pero para la fotografía en sí misma sólo contaba con un ayudante, un par de buenas cámaras (su favorita, una Hasselblad) y un flash adaptable. Trabajar en analógico implica recurrir a alguno de los mejores positivadores del mundo, un trabajo excéntrico del que muy poca gente es capaz. Con ellos Newton mantuvo una relación de amor-odio-necesidad que obligó más de una vez al altivo Helmut a tragarse algún sapo y mostrarse humilde.

Newton planificaba cuidadosamente la escena durante dos o tres días, sacando polaroids para visualizar el resultado, y luego gastaba apenas un par de carretes en las fotos definitivas. Cuenta una modelo en el documental Frames from the Edge que la sensación durante una sesión es la de una ola a punto de romper: durante las primeras fotos va subiendo la energía, y justo antes del clímax toma la imagen definitiva y congela ese instante en el tiempo.

Newton se diferencia así de otros grandes fotógrafos como Nobuyoshi Araki: lo que en Araki es actividad maníaca e improvisación, en Newton es ensayo pausado y preparación meticulosa. Incluso las imágenes aparentemente más espontáneas llevan detrás un duro trabajo de horas en que hasta la más mínima posición del cuerpo de la modelo ha sido planificada. “La gente en mis fotos ha sido “colocada” como sobre un escenario; sin embargo mis fotografías no son falsificaciones, sino que reflejan lo que veo de la vida con mis propios ojos”, escribe Newton.

Por ese motivo Helmut siempre tuvo problemas al fotografiar actrices: quien viene del mundo del cine tiene tendencia a improvisar, mientras que Newton es el micromanager definitivo. Por ejemplo las fotos con Sigourney Weaver representaron en principio un choque de trenes (o de egos, más bien), hasta que la actriz se dejó llevar por Newton con el razonamiento de que al fin y al cabo a un cirujano no le diría cómo hacer las incisiones.

Cada fotografía de Newton contiene una historia concentrada, como el fotograma de una película cuya narrativa se despliega en unos pocos segundos de observación (los que pueda dedicar un distraído lector que tope con sus fotos en una revista). Los maniquís, cadenas, esposas, prótesis o demás adminículos no son más que elementos externos que añade para sumar riqueza narrativa a la escena, proporcionando a la imagen diferentes niveles de lectura.

El escenario hace hablar al sujeto fotografiado y es casi siempre un ingrediente clave de la imagen. Salvo unas pocas excepciones notables, Newton huye de los fondos blancos de estudio (“las mujeres no suelen vivir ante una sábana blanca”). Tampoco le gustan los escenarios exóticos: prefiere localizaciones que estén como mucho a quince minutos de su casa o su hotel (es conocida la historia del canciller Kohl, al que en lugar de retratar en su despacho como estaba previsto hizo salir al parque cercano hasta encontrar un árbol que le sirviera de fondo). Este ánimo de buscar “el misterio en lo cotidiano”, por usar sus propias palabras, llegaría a su extremo en la serie Domestic Nudes, en que los escenarios en que fotografió a sus modelos fueron apartamentos vulgares y corrientes.

En su estudio de la rue Abriot Newton tenía sus fotos clasificadas en tres archivadores, con los rótulos Moda,Erotica y Portraits mondains. Y es que el grueso de su trabajo fue de fotografía erótica, de modas o publicitaria, pero también fue un gran retratista, capaz de capturar la esencia del retratado: Catherine Deneuve, Monica Bellucci, Salvador Dalí, David Lynch, Isabella Rossellini, Anthony Burgess… Newton se quedaba desconcertado cuando le decían que sabía captar el alma de sus modelos. “Sólo fotografío un cuerpo, una cara, unas piernas”, contestaba el materialista definitivo. Pero ah, la cara es el espejo del alma, y es posible leer el carácter de alguien en la expresión de su rostro…

Cuando le preguntaron a qué personalidades prefería retratar, Newton contestó “a aquellos que amo, a quienes admiro y a quienes odio”. Esta filosofía ha permitido que un judío perseguido por los nazis haya fotografiado a Leni Riefenstahl o al mismísimo Le Pen posando con sus perros…

Porno chic: los ricos también follan

Las fotografías de Newton son fotogramas de una elegante película erótica, tal vez titulada Medianoche en la Mansión o Tardes en Super-Cannes, una película virtual que nunca se ha proyectado en ningún cine sino en el interior de nuestras mentes durante los últimos cuarenta años”. J.G. Ballard

Durante la sexualmente despreocupada primera mitad de los setenta el cine porno vivió una breve edad de oro, bautizada por columnista del New York Times Ralph Blumenthal como la época del “porno chic”. En esos años se puso de moda e incluso resultó socialmente aceptable comentar cual crítico sesudo películas softcore como Garganta Profunda, Historia de O, Emmanuelle o Tras la puerta verde. Con un guión relativamente elaborado y una producción más cuidada de lo habitual, estas películas no sólo abrieron brevemente la puerta de la (relativa) respetabilidad al porno, sino que llenaron unos cuantos bolsillos: Garganta Profunda costó apenas 25.000 dólares y ha recaudado más de cien millones.

Varios astutos comerciantes tomaron nota de que el sexo no solamente era un buen negocio, sino que no tenía por qué ser sórdido, minoritario o low brow: el erotismo burgués (y en ocasiones algo kitsch) se vende bien, o por decirlo de modo más abrupto, los ricos también follan. Un clima perfecto para que a fotógrafos como Guy Bourdin o Helmut Newton se les permitiera introducir desnudos cada vez más explícitos en sus obras, una tendencia que se ha mantenido hasta nuestros días con Tom Ford, el hipersexual (y adorable) Terry Richardson o tantos otros.

Lo cierto es que la etiqueta de “porno chic” se ajusta a las fotografías de Newton como anillo al dedo (aunque sólo retratase sexo explícito en cierta ocasión con una pareja swinger de San Francisco). Newton siempre se sintió cómodo retratando de forma sensual y nostálgica los símbolos de la vieja Europa: muchas de sus imágenes eróticas y escenarios recuerdan al Berlín burgués, claroscuro y decadente de los años 30. Calles de barrios señoriales iluminadas por farolas, apartamentos de Hollywood, piscinas de la Riviera, mansiones aristocráticas, viejos hoteles de lujo cargados de historia (como el Nord Pinus II, que sirvió de fondo para la famosísima sesión de fotos de Newton con Charlotte Rampling)…

En alguna ocasión Newton comentó que los diseños de Yves Saint Laurent representan lo que le gusta en las mujeres: “elegante, deseable, sensual, con mucha clase y acostumbrada al lujo”. Sin embargo, es inevitable ver en alguna de sus fotos (por ejemplo la que muestra a una modelo totalmente vestida con ropa de marca y tacones en una playa llena de domingueros) una burla autoirónica, un ramalazo de humor negro dirigido a la vanidad de la moda.

Newton nunca se molestó en ocultar su gusto por el lujo ni se avergonzó de su fortuna: en cierto sentido fue el fotógrafo capitalista por excelencia. No le atrajeron nunca los museos ni se preocupó por si sus fotografías podían considerarse artísticas o no: es famosa su sentencia “en mi diccionario la palabra ‘arte’ es una palabrota”. Tampoco se interesó por el mundo de la alta cultura o la crítica fotográfica (“un fotógrafo debería ser como un niño bien educado: se le ve pero no se le escucha. Una fotografía no necesita explicación”). Consecuentemente, siempre prefirió que le pagasen revistas de moda o publicistas que recibir dinero de becas o subvenciones. Además, trabajar para este tipo de clientes durante casi toda su vida le permitió acceder a modelos guapísimas para sus propias fotografías (es inolvidable la escena del casting fotográfico que puede verse en Frames from the Edge).

En sus últimos años dejó de lado el mundo de la moda, cada vez más pacato (especialmente en Estados Unidos) y menos proclive a permitirle aventurerismos. “Hoy en día las revistas de moda no tienen sentido del humor”, dijo. No le faltaba razón.

 Belleza, peligro, seducción… y feminismo

Una mujer que sea una débil florecilla, que no sea inteligente, fuerte y asertiva… Me parece poco interesante, por decirlo suavemente. Me gustan las mujeres fuertes”. Helmut Newton

En un incendiario artículo en la revista Emma, la feminista alemana Alice Schwarzer acusó a Newton de misoginia, racismo, explotación de las mujeres y fascismo. “¡Gilipolleces! Amo a las chicas”, contestó Newton tajante. No siento demasiada simpatía por Schwarzer, abanderada del movimiento antiporno y de una cierta cruzada moral contra el desnudo: siempre me he sentido más cercano al feminismo sex-positive de Camille Paglia o Annie Sprinkle. En cualquier caso, lo que me disgusta de las críticas a Newton de gente como Schwarzer es la incapacidad para percibir una obra de arte más allá de los propios prejuicios.

Para empezar: a Newton, como a casi todos los grandes artistas, siempre le gustó ser un tocapelotas. O dicho de otra forma, buscaba conscientemente presentar sus imágenes como actos de provocación social que rompieran los límites de la fotografía de moda tradicional. Muchas de sus fotos tienen un componente violento, cruel, voluntariamente chocante, en ocasiones surreal y barroco, como si hubieran sido tomadas durante un sueño lúcido en que nada es real del todo ni debe tomarse demasiado literalmente (según J.G.Ballard, Newton está más cerca de Magritte que de Cartier-Bresson).

Quizá lo más molesto de algunas críticas a Newton es su falta de sentido de la ironía, que se convierte en incapacidad de entender chistes visuales como la famosa fotografía de la modelo calzada con una silla de montar de Hermès. Se equivocan quienes ven ahí un planteamiento filosófico machista o una venganza misógina, y ni siquiera es necesario defender la fotografía haciendo referencia al fetichismo o a los juegos eróticos consensuados (esa foto fue homenajeada en Secretary). La imagen es más sencilla: es un chiste, una subversión erótico-festiva con un punto surreal similar al de la famosa foto newtoniana de la mujer devorada por un cocodrilo (escena de un ballet de Pina Bausch, por cierto).

Ya hemos comentado que las imágenes de Newton son fotogramas de una película cuya presentación y desenlace aporta el cerebro del espectador: la fotografía no incluye ningún juicio de valor aparte del que proyecte sobre ella quien la mira. La potente fotografía de una modelo poniéndose una pistola en la boca (inspirada en una amiga de Newton que se apuntó con un revólver-mechero haciendo el tonto) no es una incitación al suicidio: somos los espectadores quienes interpretamos la imagen, le damos una historia a la chica y nos preguntamos qué la habrá puesto en esa situación.

Hay quien ha visto en las mujeres de Newton, orgullosas de su cuerpo perfecto y su belleza, un retrato de la cambiante femineidad post-feminista segura de sí misma. Estén vestidas o desnudas, se muestran a menudo fuertes, dominantes, en control de sí mismas y del entorno que las rodea. Los modelos masculinos que las acompañan son retratados casi siempre como figuras secundarias, débiles, impotentes o al menos a la merced de la hembra alfa con quien comparten encuadre: si las mujeres newtonianas son “objetos sexuales”, no lo son al servicio del hombre. Poder, belleza, peligro, seducción: emociones fuertes para mujeres fuertes, femmes fatalesdueñas de su propia sexualidad.

A menudo se menciona también el papel de Newton y June como pioneros de una cierta fotografía erótica de calidad, abriendo a muchas mujeres fotógrafas un camino antes vedado. Ellen Von Unwerth fue modelo de Newton hasta convertirse en autora de turbadoras y tórridas fotografías, y es fácil reconocer en las muy sensuales imágenes en blanco y negro de Bettina Rheims la (reconocida) influencia del maestro.

En realidad el feminismo sex-positive tiene un buen motivo para estar agradecido a Newton: liberó el desnudo femenino del más bien sórdido reino del pornógrafo, probando que el erotismo puede tener glamour, clase y elegancia.

El libro más caro del siglo XX

Si considerase lo que le gusta al público nunca sacaría una sola foto. Lo que hago es para complacerme a mí mismo”. Helmut Newton

En 1997 Benedikt Taschen convoca a Newton a la oficina de su editorial en Los Ángeles para proponerle un faraónico proyecto. Al entrar allí, Helmut se queda con la boca abierta al toparse con la maqueta de un libro gigantesco, de casi un metro de altura, que debería contener casi quinientas de sus mejores fotografías reproducidas a la máxima calidad posible. Newton se siente halagado y un tanto desconcertado; June se enamora de la idea y adivina sus posibilidades; Benedikt está convencido (y con razón) de que un macrolibro así se convertirá en el bombazo que aseguraría el futuro de su editorial. Un par de brindis más tarde se firman los contratos necesarios.

Dos años de ingente trabajo más tarde, el inmenso libraco se presentó con el título de SUMO en la feria Art Basel, culminando el que probablemente haya sido el proyecto más faraónico de toda la historia editorial. Finalmente el monstruo tuvo 464 páginas, midió 50×70 cm y pesó 35.4 kg de peso: cada ejemplar venía acompañado de un enorme atril metálico (diseñado, cómo no, por Philippe Starck) para poder sostener el libro abierto. Helmut Newton firmó a mano cada uno de los diez mil ejemplares, un proceso que le ocupó todas las mañanas de unos cuantos meses y que recuerda como bastante pesadillesco… Aunque no fue nada en comparación con los quebraderos de cabeza que le trajo supervisar la positivación de las imágenes a ese elefantiásico tamaño.

El esfuerzo mereció la pena: el libro se agotó enseguida a pesar de sus precios desorbitados, y puede encontrarse hoy en día en gabinetes de arte, galerías y museos como el mismísimo MoMA de Nueva York. Un ejemplar deSUMO firmado por cien de las celebridades retratadas en sus páginas se convirtió en el libro más caro del siglo XX al ser vendido por 430.000 dólares durante una subasta benéfica berlinesa en el año 2000. En el momento de escribir este artículo puede encargarse un ejemplar por apenas 9.900 dólares en Amazon: ¡daos prisa en comprarlo, millonarios lectores, y luego patrocinadme, que no me vendría mal un mecenas!

Diez años más tarde, ya con Helmut muerto, June autorizó y supervisó una reimpresión con las mismas fotografías pero a menor tamaño (26.7 x 37.4 cm) y a un precio más democráticamente asequible, alrededor de los cien dólares. Regalé un ejemplar de ese mini-SUMO a mi pareja por su cumpleaños, y actualmente tiene un rincón privilegiado en el comedor de nuestra casa. Cada vez que pasamos por delante abrimos al azar una de sus páginas y pasamos un buen rato en la agradable compañía de David Bowie, Nastassja Kinski, Grace Jones o centenares de modelos guapísimas cuya elegante belleza servirá perfectamente para despedirme de los lectores hasta el siguiente artículo…

Tempus Fugit

Una vez terminadas las vacaciones, supongo que se puede hacer balance y decir que este año no han cundido demasiado, a pesar de las mini-escapadas para ver algún concierto, o para visitar pueblos diminutos.

No es que todo haya sido malo, pero tampoco puede decirse lo contrario.

Imagino que me hacía falta un cambio de aires más largo aunque, por varias razones, este año no pudo ser.

Intentemos ver el lado bueno: Por lo menos hubo cuatro o cinco días en los que pude dormir más de 6 horas seguidas.

Ahora toca volver a la realidad.

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No son gigantes mi señor

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…

 

Cuando la nobleza y la generosidad no alcanzan para llegar a la hidalguía; mezquino y cicatero encajan mejor en el perfil.

Ni la lanza ni la adarga son necesarias si no hay con quien luchar.

Y del galgo mejor ni hablemos, porque corredor, lo que se dice corredor…

 

Así que, le van a dar un poco por culo a los libros de caballerías.

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donquijote