The walking dead

Seguimos, despacio, dando pasos sin saber en qué dirección. Cada vez quedan menos cosas nuevas por probar, pero espero que alguna acabe funcionando.

Cada día es una nueva pelea. El día que deje de ser así, y me dé por vencido, será muy difícil levantarse (ya está siendo demasiado duro mantenerse en pie)

Supongo que la angustia tendrá que desaparecer en algún momento.

Mientras tanto, la cabeza no conoce término medio. O está funcionando a toda velocidad con ideas que se agolpan al mismo tiempo, y no permiten pensar con claridad, o está aletargada.

Sea como sea, ha pasado otro día, y todavía no se sabe si hay luz al final del túnel. Pero, al menos, siguen cayendo las hojas del calendario (aunque no sé si eso motivo de alegría o de indiferencia).

Fumando espero

Gratamente sorprendido después de una conversación mantenida esta mañana con un ex-fumador, y (para acabar de liarla) trabajador del servicio de neumología de un hospital.

 

Supongo que lo grato de la sorpresa es encontrar a una persona que, después de los lógicos recordatorios de las maldades del tabaco, no se esfuerza por decirte lo que tienes que hacer, sino que se pone en tu lugar y, si no comprende tu postura, al menos no se dedica a juzgarla ni a criticarla.

 

Parece que esta clase de personas no abundan. Ya sea para hablar de lo que pasa en mis pulmones, o de lo que pasa en mi cabeza.

 

Dicho esto, y después de haber comprado un broncodilatador, voy a fumarme un cigarrillo.

Cambio de paradigma

Supongo que, para hacer balance, cualquier fecha es buena.
Por costumbre, la gente suele hacerlo cuando el cambio de año es inminente, y como ya tengo demasiados frentes abiertos, no voy a llevar la contraria en esto. Al fin y al cabo, el calendario cambiará aunque uno no quiera.
En anteriores ocasiones echar la vista atrás era fácil. No resultaba complicado saber si el año había sido malo o bueno. Todos tenían sus momentos de subida y de bajada, pero era sencillo decidir si merecían estar en un grupo o en otro.
Hasta ahora siempre habían sido años en los que los meses habían ido pasando sin grandes disgustos y en relativa armonía, incluso con momentos en los que uno llega a imaginar lo que significa ser feliz. Esos años se calificaban como buenos por el simple hecho de que no había grandes cosas de las que quejarse.
También ha tocado vivir años en los que los reveses de todo tipo se sucedían casi desde Enero hasta Diciembre. Años en los que no paraban de encadenarse muertes, fracasos personales, laborales, etc… Esos eran mucho más fáciles de adjetivar.

Echando la vista atrás, 2012 ha tenido partes muy diferentes.
La primera avanzaba como había hecho casi toda la vida. Llena de semanas y días en los que uno se levanta, va a trabajar, vuelve a casa, mata el tiempo de la forma habitual, se va a dormir, y al día siguiente la rueda vuelve a girar.
Un buen día, sin buscarlo, ni esperarlo, todo cambia y comienza una segunda etapa. Una en la que la vida da un giro de 180º.
Cuando uno se para a pensar, o simplemente le da por revisitar a autores clásicos, se da cuenta de que el género humano siempre ha creído que el sentido último de la vida es la búsqueda de la felicidad.
Siempre había sido de la opinión de que se trataba sólo de eso, de una búsqueda. Porque se hacía inconcebible la idea de que eso existiera. La simple idea de alcanzar una realización a todos los niveles era una utopía (más cuando esos niveles son casi imposibles de explicar a alguien que no los sienta como propios). Pero la vida no deja de dar sorpresas, y pude comprobar por mi mismo que, después de tantos lustros, estaba equivocado. Esa realización y esa felicidad plena, existen.
Pude disfrutar por un breve lapso de tiempo de la libertad que había llegado a pensar que jamás encontraría.
Pudo desencorsetarse lo que toda la vida había pensado que eran rarezas, manías, o simplemente una forma distinta de ver y de sentir el mundo, porque la humanidad se empeñaba en hacer creer que eran sólo eso: manías.
Lo que para el mundo es obsesión, a otras escalas es lógico.
Dar con un grado de complicidad, y de comprensión tan absolutos, y con una manera de sentir las cosas de un modo tan profundo, es algo que se encuentra una sola vez.
Pero como la vida parece ser aficionada a no dar tregua durante mucho tiempo, de la noche a la mañana te despierta, y hace que comience una nueva etapa.
Una etapa en la que, después de haber tocado el cielo, te lleva de paseo por una especie de divina comedia.
La sensación es tan abrumadora, que la manera de afrontarla se convierte en algo totalmente nuevo. Se pide ayuda, a pesar de no haberlo hecho nunca, o se recurre a soluciones que siempre habían sido impensables (de buenas a primeras se me pasan por la cabeza más de una y más de dos cosas que jamás hubiera imaginado hacer, y que me he visto obligado a acabar haciendo para mantener mi poca cordura).
Todo se complica más cuando la ayuda no se encuentra en los lugares a los que se ha ido a buscar. Eso acaba provocando que la simple idea de llevarse más portazos en las narices, se convierta en una losa muy pesada. Como consecuencia, la ayuda ya no se busca en los lugares lógicos (aunque eso pueda verse como un error, cosa que no discuto), ya no se avanza en la dirección inicialmente prevista. Se buscan rutas alternativas.
Por si todo eso no fuera suficiente, parece que Murphy es el único legislador que tiene cierto criterio a la hora de enunciar leyes. Es cierto eso de que si algo puede ir mal, irá mal (o al menos lo ha sido en este caso, porque cuando parece que uno ya tiene suficiente con el peso que lleva encima, siempre hay pequeñas cosas que se pueden seguir estropeando, haciendo que esa carga sea cada vez más pesada).
Al menos, los últimos meses de 2012 han servido para aprender una cosa nueva. Cuando uno se encuentra en un estado como este, sólo hay dos clases de personas que sirven de consuelo: quienes han vivido una sensación similar (las causas pueden ser de lo más diverso, así que no son lo más importante, pero si que lo es el sentimiento), o quienes han tenido cerca a alguien que lo sufriera.
Por suerte, he podido encontrar más de un ejemplo de los dos casos. Quizá no sirvan para solucionar nada, pero encontrar cierto grado de comprensión nunca está de más.
Aunque suene frío decirlo, el resto del mundo se va a seguir limitando a decir que lo que hay que hacer es seguir adelante con la vida, que el tiempo todo lo arregla, que levantes cabeza, y demás frases por el estilo dignas de cualquier libro de autoayuda.
Lo malo de eso es que, a pesar de que lo digan con la mejor de sus intenciones, lo único que consiguen es hacer que la sensación de incomprensión se multiplique y que sus palabras se acaben convirtiendo en algo vacío.

Supongo que el balance del año podría ser mejor, pero intentaré sacar un poco de optimismo para cerrar el post. He podido ser feliz por primera vez en mi vida, he conocido a algunas personas de esas que merece la pena conocer, y he podido descubrir matices que no conocía de algunas otras.

Creo que 2013 es un año que, para mí, nacerá muerto.
Así que, feliz 2014.

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Nadie tiene 500 amigos

Ni 200 ni 100, que es la cantidad típica de amigos que tiene cada usuario en Facebook. De los 900 millones de personas que habitan Facebookistán, un tercio, unos 300 millones, ha reducido el tiempo que dedica a la red social por puro aburrimiento como principal motivo. Es lo que dice una encuesta que confirma que Facebook aburre ya hasta a las ovejas. El estudio está disponible en internet para cualquiera que quiera consultarlo; igual que está en internet el cuándo, dónde y con quién te tomaste el último mojito.

Al principio Facebook parecía una buena idea; un medio diseñado para interactuar con amigos y conocidos, encontrar gente del pasado y mantenerse en contacto con ellos de forma fácil, cómoda y directa. En la práctica esa facilidad nos satura y la comodidad nos convierte en unos vagos sociales: basta un me gusta para dar por celebrado que quien fuera tu mejor amigo en el colegio acaba de ser padre.

De modo que en realidad la mayoría de esos cientos de amigos de Facebook apenas son más que una colección de personas medio conocidas. Facebook se asemeja más a un cementerio de amistades pasadas. O, en el mejor de los casos, a una máquina de prolongación artificial de amistades en estado terminal; las que no pueden sobrevivir de forma natural pero que se mantienen con algunos me gusta, toques y comentarios ocasionales, como mucho. Nadie tiene 500 amigos.

Porque con una media de más de 100 amigos por usuario es simplemente imposible prestar atención a todo lo que pasa y sucede en Facebook. No al menos a nada que suceda más allá del momento en el que se consulta, o poco más. Salvo que se mire demasiado a menudo. Y esa fracción de atención que tú puedes dedicar a tus amigos es muy parecida a la que ellos te pueden prestar a ti. Exceptuando esos momentos puntuales en los que sometes a alguien –o eres sometido por alguien– a escrutinio y cotilleo. Una ex pareja, por ejemplo. Así que al final ignoramos a la mayoría de los contactos. A muchos de ellos de forma habitual. Pero los mantenemos en la colección. Silenciamos las publicaciones de esa tía abuela lejana que no hace más que publicar horribles fotos de unos primos a los que no conoces; creamos listas para mantener a algunos de los amigos de Facebook excluidos de lo que se comparte habitualmente, pero sin que se note mucho que no son bienvenidos. Y aceptamos solicitudes de amistad de viejos conocidos a los que damos largas para no tener que quedar a tomar café.

Así que parece que en Facebook, más que amistades, lo que se busca es audiencia para el espectáculo de exhibicionismo que es en muchos casos; un espectáculo en el que sólo dejamos ver nuestro perfil bueno. Como sea, en Facebook, como en internet en general, es necesario tener controlado qué se comparte y con quién. Qué es –y también lo que no es– público; lo que se comparte con todos o sólo con determinadas personas. Es verdad que parece que hace falta tener una ingeniería para poder configurar correctamente las intrincadas y complejas opciones de privacidad de Facebook, que además cambian constantemente. Precisamente por eso conviene comprobarlas de vez en cuando. Existen herramientas on-line que ayudan a revisar esa configuración.

Pero nadie está a salvo de meter la pata o de publicar una actualización o fotografía desafortunada en algún momento. Ni de que algo que debería ser privado acabe siendo público. Si te preocupa eso lo mejor es no publicar nada que pueda resultar comprometido o dar lugar a interpretaciones. El sitio de humor The Onion lo sintetizaba perfectamente con este titular: “Debido a Facebook, ningún candidato será elegido en las elecciones presidenciales de 2040”.

Visto en:
http://www.revistagq.com/articulos/facebook-amigos/17486

Canciones

Para casi todos los estados de ánimo, y para casi todas las situaciones que me había tocado vivir, siempre había encontrado alguna canción que describiese (en mayor o menor medida) lo que sentía.
Supongo que, a veces, resulta tranquilizador imaginar que alguna otra persona pasó por vivencias similares a las de uno.

Yo sigo sin encontrar mi canción.
El otro día sonó, de casualidad, una que hacía mucho que no escuchaba.
Creo que, remotamente, podría llegar a identificarme con ella. Pero sólo lo haría porque, en el fondo, tengo ganas de encontrar una que describa como me siento, y me agarro a cualquier clavo.

Sea como sea, mi canción no acaba de aparecer.

Para su dolor, un solo fin.

En los últimos meses he hecho algunas cosas que jamás hubiera imaginado ser capaz de hacer. También es posible que, esa tendencia a ponerme a prueba, todavía no haya alcanzado su punto de inflexión.

Echando la vista atrás, es fácil observar que tiendo a escribir con más frecuencia en los momentos malos que en los momentos buenos. Supongo que los momentos buenos están para disfrutarlos en vez de para pasarse el tiempo actualizando un blog. Pero cuando los malos se dilatan demasiado en el tiempo, las actualizaciones dejan (a veces) de tener sentido.
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