Cambio de paradigma

Supongo que, para hacer balance, cualquier fecha es buena.
Por costumbre, la gente suele hacerlo cuando el cambio de año es inminente, y como ya tengo demasiados frentes abiertos, no voy a llevar la contraria en esto. Al fin y al cabo, el calendario cambiará aunque uno no quiera.
En anteriores ocasiones echar la vista atrás era fácil. No resultaba complicado saber si el año había sido malo o bueno. Todos tenían sus momentos de subida y de bajada, pero era sencillo decidir si merecían estar en un grupo o en otro.
Hasta ahora siempre habían sido años en los que los meses habían ido pasando sin grandes disgustos y en relativa armonía, incluso con momentos en los que uno llega a imaginar lo que significa ser feliz. Esos años se calificaban como buenos por el simple hecho de que no había grandes cosas de las que quejarse.
También ha tocado vivir años en los que los reveses de todo tipo se sucedían casi desde Enero hasta Diciembre. Años en los que no paraban de encadenarse muertes, fracasos personales, laborales, etc… Esos eran mucho más fáciles de adjetivar.

Echando la vista atrás, 2012 ha tenido partes muy diferentes.
La primera avanzaba como había hecho casi toda la vida. Llena de semanas y días en los que uno se levanta, va a trabajar, vuelve a casa, mata el tiempo de la forma habitual, se va a dormir, y al día siguiente la rueda vuelve a girar.
Un buen día, sin buscarlo, ni esperarlo, todo cambia y comienza una segunda etapa. Una en la que la vida da un giro de 180º.
Cuando uno se para a pensar, o simplemente le da por revisitar a autores clásicos, se da cuenta de que el género humano siempre ha creído que el sentido último de la vida es la búsqueda de la felicidad.
Siempre había sido de la opinión de que se trataba sólo de eso, de una búsqueda. Porque se hacía inconcebible la idea de que eso existiera. La simple idea de alcanzar una realización a todos los niveles era una utopía (más cuando esos niveles son casi imposibles de explicar a alguien que no los sienta como propios). Pero la vida no deja de dar sorpresas, y pude comprobar por mi mismo que, después de tantos lustros, estaba equivocado. Esa realización y esa felicidad plena, existen.
Pude disfrutar por un breve lapso de tiempo de la libertad que había llegado a pensar que jamás encontraría.
Pudo desencorsetarse lo que toda la vida había pensado que eran rarezas, manías, o simplemente una forma distinta de ver y de sentir el mundo, porque la humanidad se empeñaba en hacer creer que eran sólo eso: manías.
Lo que para el mundo es obsesión, a otras escalas es lógico.
Dar con un grado de complicidad, y de comprensión tan absolutos, y con una manera de sentir las cosas de un modo tan profundo, es algo que se encuentra una sola vez.
Pero como la vida parece ser aficionada a no dar tregua durante mucho tiempo, de la noche a la mañana te despierta, y hace que comience una nueva etapa.
Una etapa en la que, después de haber tocado el cielo, te lleva de paseo por una especie de divina comedia.
La sensación es tan abrumadora, que la manera de afrontarla se convierte en algo totalmente nuevo. Se pide ayuda, a pesar de no haberlo hecho nunca, o se recurre a soluciones que siempre habían sido impensables (de buenas a primeras se me pasan por la cabeza más de una y más de dos cosas que jamás hubiera imaginado hacer, y que me he visto obligado a acabar haciendo para mantener mi poca cordura).
Todo se complica más cuando la ayuda no se encuentra en los lugares a los que se ha ido a buscar. Eso acaba provocando que la simple idea de llevarse más portazos en las narices, se convierta en una losa muy pesada. Como consecuencia, la ayuda ya no se busca en los lugares lógicos (aunque eso pueda verse como un error, cosa que no discuto), ya no se avanza en la dirección inicialmente prevista. Se buscan rutas alternativas.
Por si todo eso no fuera suficiente, parece que Murphy es el único legislador que tiene cierto criterio a la hora de enunciar leyes. Es cierto eso de que si algo puede ir mal, irá mal (o al menos lo ha sido en este caso, porque cuando parece que uno ya tiene suficiente con el peso que lleva encima, siempre hay pequeñas cosas que se pueden seguir estropeando, haciendo que esa carga sea cada vez más pesada).
Al menos, los últimos meses de 2012 han servido para aprender una cosa nueva. Cuando uno se encuentra en un estado como este, sólo hay dos clases de personas que sirven de consuelo: quienes han vivido una sensación similar (las causas pueden ser de lo más diverso, así que no son lo más importante, pero si que lo es el sentimiento), o quienes han tenido cerca a alguien que lo sufriera.
Por suerte, he podido encontrar más de un ejemplo de los dos casos. Quizá no sirvan para solucionar nada, pero encontrar cierto grado de comprensión nunca está de más.
Aunque suene frío decirlo, el resto del mundo se va a seguir limitando a decir que lo que hay que hacer es seguir adelante con la vida, que el tiempo todo lo arregla, que levantes cabeza, y demás frases por el estilo dignas de cualquier libro de autoayuda.
Lo malo de eso es que, a pesar de que lo digan con la mejor de sus intenciones, lo único que consiguen es hacer que la sensación de incomprensión se multiplique y que sus palabras se acaben convirtiendo en algo vacío.

Supongo que el balance del año podría ser mejor, pero intentaré sacar un poco de optimismo para cerrar el post. He podido ser feliz por primera vez en mi vida, he conocido a algunas personas de esas que merece la pena conocer, y he podido descubrir matices que no conocía de algunas otras.

Creo que 2013 es un año que, para mí, nacerá muerto.
Así que, feliz 2014.

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Un comentario en “Cambio de paradigma

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